"...como si alguien allí afuera estuviera experimentando,
solo que el mundo entero es su laboratorio."
(Phillip Broyles, director de la División Fringe)
FRINGE es un caramelo para toda la comunidad friki de este planeta y de cualquier corriente espacio-temporal.
FRINGE es un regalo en forma de tributo a los amantes de la
serie B y al panfletismo pulp.
FRINGE es todo eso, como en su día podía parecerlo
Expediente-X,
The Authority y sobretodo,
The Twilight Zone.
Pero
FRINGE no es perfecta, aunque muy sabia.
Recuerdo el episodio piloto de la serie como una clase magistral de cine, y era cuestión de menos y nada, que la serie eclosionara con un potentísimo fenómeno fan. Unos fans que han logrado que
FOX fuera soltando pasta, temporada tras temporada, y sorteando múltiples avisos de cancelación hasta llegar a su fin pese a que las cifras de presupuesto y share no acompañaban las expectativas de la cadena.
La pregunta es ¿por qué
FRINGE sí, y otras no? ¿Por qué, pese al fenómeno fan, series como
Firefly o
Veronica Mars fueron canceladas? Puede que sea por la sombra de
J.J. Abrams (artífice de
FRINGE que creó
LOST, dándole manga ancha a cagarla mil veces), o por el crecimiento paulatino y paralelo de las redes sociales a la serie.
FRINGE cometió el terrible error de meter muchos capítulos de relleno que no iban a ninguna parte. Que
aparentemente no tenían vínculo entre sí, y pecó de exponer arcos argumentales cortos o autoconclusivos que solamente los ultrafanes consumían con gusto.
Yo aún no. Siempre consideré que con el buen material que estaban explotando, debían aspirar a una gran trama si no querían quedarse en una suerte de
Las nuevas aventuras de Mulder y Scully. Y el milagro ocurrió. Tras muchos episodios y con unas bases brillantes fatal explotadas, la serie metió un ingrediente esencial. Quizás el más potente de todos, muy por encima de efectos especiales, del brazo biónico de
Nina Sharp, o de parásitos centípedos amantes del soft-gore.
Decideron meter emociones.
Teníamos un supervillano redimido como
Walter, que había experimentado con niños. Teníamos a
Olivia, que había sido víctima de Walter. Teníamos a
Peter, el hijo que
Walter se había robado a su versión alternativa de otra realidad. Pero ninguno se comportaba de forma traumática y emocionalmente lógica. Y eso era uno de los grandes errores de la serie. Solamente con eso tenían material de sobras. También tenían el delicioso mundo de científicos chalados que tratan a menores como cobayas humanas que terminan desarrollando superpoderes. Ese aspecto lo trataron, pero muy por encima y sin grandes cliffhangers. Pero el fan de
FRINGE es paciente, y esa paciencia iba a ser compensada.
La primera compensación se recibió cuando empezaron a meter teorías científicas sobre realidades alternativas y saltos espacio-temporales. Paradojas, choque de mundos y demás delicatessen de la ciencia ficción más puro
H.G. Wells. Todo ello, aliñado con Peter, el único elemento no repetido en ambas realidades. Ahí, el equipo de guionistas fue hábil y torpe a la vez. Hábil porque de una serie, sacaron dos, una para cada realidad. Y torpes porque la misión mesiánica de
Peter y la extraña máquina, quedó un poco en nada. Un error (o acertado
leitmotiv) que se repetiría con
Olivia Dunham y su versión wannabe de
Jean Grey como Fénix Oscura, y sobretodo, con personajes como
Nina Sharp y
Massive Dynamic, que mucho ruido y pocas nueces.
Los episodios fueron pasando dejando atrás ciertas costumbres torpes como la secuencia introductoria que daba pie a la trama de los primeros episodios, meter personajes que no aportaban nada (hola, soy la hermana de Olivia, fui a por tabaco y no volví), o dar pie a tramas que desaparecían o se retomaban demasiado tarde. Pero mi pequeño
padawan, la espera merecerá la pena y tus dudas serán respondidas.
Y llegamos a la quinta temporada. Una temporada que sí, que realmente fue el regalazo de FOX a los fans persistentes. Una temporada que no iba a hacerse. Una temporada que duró menos pero que aportó mucho más. Ni siquiera ver a Olivia huérfana y desorientada entre dos mundos, ni a los dos protagonistas cuyo amor se ha desvanecido entre realidades paralelas, ni la demencia senil creciente de Walter, lograron emocionarnos como esta quinta temporada.
Una temporada frenética, preciosa, directa y cargada de emotividad porque, pese a todo lo explicado en 100 episodios cargados de monstruos, bichos, experimentos genéticos, robótica, brechas entre universos, supervillanos y dictaduras distópicas, al final
FRINGE nos explicó de qué iba. Una historia clásica de amor, una fábula de inteligencia emocional por encima de lo racional. Un tributo a lo clásico en todas sus formas. Un mensaje de amor. Y ahí, justo ahí, fue cuando yo me hice verdaderamente fan.
Siempre echaré en falta la relación de Walter y
Astrid.