22 mayo 2013

[Reseña] Buffy: diez años después

Esta semana se cumplieron diez años de la emisión del último capítulo de una de las series más queridas de la historia de la televisión. Tal como hiciera a lo largo de sus siete temporadas con cientos de criaturas de la noche, Buffy clavó una estaca en el corazón de sus fans al poner punto y final a una serie que, para muchos (entre los que me incluyo yo) es la madre de las series actuales.

Es curioso que la génesis de Buffy the Vampire Slayer fuera esa película homónima más que olvidable en la que una adolescente descubre que tiene una fuerza y habilidades especiales para luchar contra los muertos vivientes. Todo podría haber quedado ahí si su guionista, Joss Whedon, no hubiera visto el potencial de la historia y hubiera decidido continuar la acción en una serie para la televisión. 
Poco podía imaginarse entonces el éxito de crítica y público que Buffy le haría cosechar durante tantos años y que, sin duda, convirtieron a Whedon en uno de los referentes clave en el mundo del cine y la televisión.

La serie comenzó con un presupuesto irrisorio. Pese a los limitados recursos y a los mediocres (y a veces incluso avergonzantes) efectos especiales que mostraba, Whedon consiguió una audiencia excelente. A partir de la segunda temporada y ya con un presupuesto más generoso, la serie comenzó a mejorar de forma notable, sobre todo en dos aspectos: el score y las escenas de lucha  que, por primera vez, eran rodadas de manera más espectacular con un equipo de dobles profesionales.

La serie ganó varios Emmys, pero el premio más importante fue una legión de fans fieles e incondicionales que la han convertido en mítica.

Pero, ¿cuál fue el secreto de su éxito?

Por una parte, Buffy the Vampire Slayer  no se puede catalogar dentro de un género concreto. No encaja del todo en el género del Terror, pese a que juega magistralmente con los elementos de dicho género. Tampoco se podría decir que es un Drama ni una Comedia. En un mismo capítulo, el tono podía cambiar de registro de manera brusca y, a la vez, deliciosamente orquestado. Se podría decir que la serie carecía de pretensiones. Tanto es así, que la autoparodia era una constante, quitándole así cualquier rastro de grandilocuencia artificial y ganando en frescura.

La complejidad y profundidad de los personajes era tal que el espectador empatizaba si no con todos, con casi todos ellos, de manera que se podía sentir identificado con una parte de cada uno de ellos. Los diálogos eran inteligentes, plagados de juegos de palabras y referencias a la cultura pop.

La serie es una alegoría del paso entre la adolescencia y la edad adulta. Tanto es así, que Buffy comienza la serie siendo una adolescente despreocupada y el espectador se convierte en testigo de su evolución como mujer. La ciencia ficción, como en otros muchos casos, es aquí una metáfora que habla de los miedos y los monstruos a los que nos enfrentamos en nuestro camino hacia la edad adulta. Por ejemplo, la pérdida de la virginidad de la protagonista con Angel, su gran amor, le trajo las consecuencias verdaderamente dramáticas que todos conocemos y que parecía esconder algún tipo de moralina sobre la necesidad de no actuar sin pensar en las consecuencias. El camino del héroe discurre paralelo a su transformación en una mujer con responsabilidades, llegando a tener que asumir el papel de madre cuando Joyce fallece en uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la televisión.

Por supuesto, mención especial merecen esos giros de guión inesperados y la maestría a la hora de dosificar la información para crear un golpe de efecto que dejaba al espectador sin palabras, recursos que han heredado las series de la actualidad.

En nuestro país, Buffy sufrió un maltrato bastante indigno. Se emitía en Canal + en abierto, pero solo durante las vacaciones de Navidad, Semana Santa y en algún mes de verano, siendo indiferente para los programadores dejar una temporada a medias. Y eso, para un fan que vivía la serie intensamente y sin la posibilidad de bajarse más capítulos por internet era todo un calvario.



Aun así, es indescriptible el vacío que sentimos millones de fans cuando vimos el último capítulo. No porque fuera un mal episodio o porque no se hubieran cumplido nuestras expectativas. De hecho, estoy convencido de que no habría sido posible cerrar una serie así dejando un buen sabor de boca.

Supongo que es el mismo vacío que sientes cuando un amigo se va. Le ves alejarse y sabes que comienza otra etapa en su vida, pero eso no significa que no vayas a sentirte condenadamente triste.



4 comentarios:

Tony Tornado dijo...

Hay una referencia velada en este post que me ha llegado muy adentro. Como una estaca clavada en mi corazoncito... ;)

Chico Tocsico dijo...

veo fanés... everywhere!!!
XDDDD

A mi también me encantaba Buffy... no tanto como a ti (eso es imposible)... pero me encantaba.

Por cierto... no terminé de verla. Vuelve a cerrar la boca. Sí, no sé cómo acaba!

Soliloco dijo...

Como son los fanes... en fins

Yadira Cervantes dijo...

Han pasado los años y el éxito de esta serie sigue vigente porque sin duda es una de las series de vampiros que tuvo éxito y se recuerda por presentar a los vampiros como seres temibles, y no como seres llenos de fantasía como muchas historias de ahora.